Cómo un niño de 13 años nos enseñó a calmarnos


No suelo contar mi vida privada en la newsletter ni en redes sociales… pero lo que me pasó hace unos meses pensé que valía la pena compartirlo contigo.

Hace un tiempo, cuando Izan tenía 13 años, tuve una discusión un poco acalorada con mi marido.
La razón, como suele pasar muchas veces, era bastante tonta.

Todo empezó cuando me pidió que ayudara a Izan a estudiar para su examen de inglés.
Yo estaba concentrada preparando una sesión de una mentorada y, sinceramente, no me hizo ninguna gracia. Odio que me interrumpan.

No quería dejar lo que estaba haciendo, porque estaba intentando encontrar la mejor manera de explicar un concepto complicado. Pero al final, la responsabilidad era mía: mi marido no habla inglés, así que debía ser yo quien le ayudara.

Respiré hondo, dejé lo que estaba haciendo y empecé la clase con Izan.
Pero mi marido se quedó a mi lado… y comenzó a interrumpir constantemente:

—“Así no puede entender.”
—“No estás explicando bien.”
—“Si yo no lo entiendo, él tampoco. Por favor, pon un poco de interés.”

Y allí se fue mi paciencia (que ya era poca):
—“Pues si a ti no te gusta, paga un profesor de inglés y déjame en paz.”

La discusión siguió, y mientras nos decíamos cosas, Izan estaba allí, escuchando todo, con un rotulador temblando entre sus manos. Hizo un gran esfuerzo por no llorar… pero al final, sí lo hizo.

La sorpresa que vino después

Cuando logramos llegar al estado “puño cerrado” (mis alumnas de Disciplina Positiva sabrán de lo que hablo 😉), hablé con Izan.
Pensaba que lloraba porque le habían dicho cosas duras sobre él… pero me equivoqué.

—“Mamá, no lloré por lo que papá decía sobre mí mientras me dabas la clase. Lloré porque no me gusta verlos discutir.”

Al día siguiente hicimos una reunión familiar tras la comida. Como “secretaria”, dije:
—“Izan tiene algo que decirnos.”

Esperaba que hablara a trompicones o apenas dijera nada…
pero me sorprendió. Para bien. Para muy bien.

Mi hijo, que antes estaba atrapado en lo que llamamos la meta de la indefensión asumida (sí, otra de las cuatro metas equivocadas de la conducta 😅), se irguió y nos dio una pequeña charla, especialmente a mi marido:

—“Papá, estoy preocupado por ti. Estás muy estresado.”

Vi lágrimas en los ojos de mi marido. Nos contó lo difícil que estaba siendo su trabajo últimamente y cómo le había afectado el estrés.
Y juntos, los tres, decidimos actuar:

  • Izan se comprometió a estudiar más y prestar atención.
  • Yo prometí organizarme mejor para poder ayudarlo.
  • Mi marido buscará formas de manejar mejor su estrés.

Al terminar la reunión, sentí ganas de coger un avión y abrazar a Jane Nelsen, la creadora de Disciplina Positiva, para decirle gracias.

Porque esto es lo que hace la Disciplina Positiva:
Empodera a un niño para hablar, expresarse y hacerse escuchar.
Y fortalece a la familia, uniendo a sus miembros en lugar de separarlos.

Reflexión final

Lo que quiero que recuerdes es esto: no hace falta ser perfecta para educar en positivo.
Tampoco necesitamos tenerlo todo controlado ni evitar los conflictos.
Lo importante es cómo los resolvemos, cómo damos espacio a nuestros hijos para expresarse, y cómo mostramos respeto y cuidado incluso en los momentos difíciles.

Como Montessori, entramos en la Disciplina Positiva por nuestros hijos… y nos quedamos por nosotras/os mismas/os.
Es un camino que transforma a la familia y a los adultos por igual.

Si quieres descubrir cómo aplicar la Disciplina Positiva en tu familia o en tu escuela, puedes empezar por mi curso ¡Educa en Positivo!.

Y si buscas algo más profundo y personalizado, recuerda que también tengo el Programa Logra Ser un Adulto Preparado.

Que tengas un día lleno de calma, paciencia… y momentos de conexión auténtica con tus hijos.

Con cariño,
Alessandra
Nuestros Momentos Montessori